17 noviembre, 2010

Un rincón trujillano: Jajó


Un pueblo solitario me encontré cuando llegué a Jajó. Una plaza, la iglesia de la Virgen del Rosario, llamada también la Virgen del Talquito, por su aparición en una lámina de talco en el año 1936, cuatro calles y puertas cerradas. Eran aproximadamente entre las dos y las tres de la tarde y nos preguntamos ¿será que hacen una siesta larga? Totalmente diferente a Timotes, donde pasan y pasan carros, camiones y autobuses. Pero lo interesante es que hay una sala de cine que, para variar, estaba cerrada. También hay algunas posadas y restaurantes con un menú restringido.

En la carretera hay un paraje de quioscos donde puedes comerte una "bala fría" de empanadas y pastelitos con café, refrescos y jugos, además de algunos panes y dulces andinos, ideal para engañar al estómago. El único sonido que se escuchaba ese día era la música de un bar que se alistaba para la jornada de la noche y nuestras voces murmurando "¡que pueblo tan triste! Hasta las campanas de la iglesia suenan tristes"

La vida del pueblo es la actividad agrícola y hacia donde mires, mientras vas en la carretera, verás tierras cultivadas, mucho verde y aire puro que poco hay en las ciudades. Es una experiencia agredable ir en la parte descubierta de un camión y que la brisa te roce la cara, cerrar los ojos y al abrirlos encontrar un paisaje hermoso sin ruido citadino.


Jajó: el pueblo fue fundado en 1611 por Don Sancho Briceño Graterol. El nombre viene de los indios jajóes que habitaban la zona.

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