¡Por fin! Luego de tantas ciudades imaginarias, una era real. Tan real como que es cierto que las primeras caras que ven los venezolanos al llegar van acompañadas de uniformes e interrogatorios. Los euros pueden no ser suficientes para garantizar que pasarás unos días y te irás. Es necesario que respondas que no tienes la intención de quedarte, que no tienes familiares en el país y no te queda de otra que explicar en detalle el por qué no tienes más euros en tu bolsillo.
Luego de unas cuantas horas de espera, gracias a la salida con retraso del avión, otras horas de vuelo y otro tiempo más represados en Barajas, finalmente llegamos a Madrid. El inicio de esta estadía fue sencillo por la ayuda de nuestros primeros guías, una compañía importante sobretodo cuando ves el mapa del Metro con un montón de líneas de colores que se cruzan por la ciudad... ¡Ups! ¡acabo de descubrir una mentirilla dicha al pisar aeropuerto!
Primera lección de sobrevivencia: ¿cuál boleto de Metro comprar y cómo?. Lo más recomendable es comprar un boleto multiviajes. Se nos avecinaba un largo trayecto desde la estación del T2 hasta la estación Sol, conexión de casi todas las líneas, sobretodo las Cercanías, que van a las poblaciones vecinas, que son las ciudades dormitorio para algunos. De allí una caminata placentera hacia la Gran Vía en busca del hostal del lado par de los edificios. ¿El lado par? se preguntarán. Pues lo mismo me pregunté yo. Resulta que en esta literal Gran Vía, los edificios están numerados de un lado con dígitos pares y del otro con impares. Así de estructurado es el viejo mundo.

Después de dejar el equipaje en el hospedaje y sin perder tiempo comenzamos el recorrido. Volvimos a Sol rumbo a Getafe, lejos pero cerca de Madrid. Por la hora las calles estaban solitarias. En el verano los españoles acostumbran aprovechar sus días largos y hacer una siesta desde el mediodía hasta más o menos cinco de la tarde, cuando abren los café y bares para ir por tapas y tinto de verano. Les confieso que los envidio muchísimo.
Un almuerzo casero en Getafe nos reconfortó luego de un desayuno desabrido de avión. Después de pasar parte del día, aún nos quedaba la luz del sol y decidimos ir a alguno de los museos antes de descansar. Con la energía propia de quien descubre un lugar, caminamos desde la estación Atocha hasta el Centro de Arte Reina Sofía pero estaba cerrado. Caminamos por el Paseo del Prado hasta el Museo del Prado con la esperanza de que estuviese abierto. Es indescriptible la sensación de estar frente a un lugar que alberga aquellas obras que pasan de diapositiva en diapositiva en tus clases de educación artística y más si las disfrutabas. Me planté al frente intentando asimilar que de verdad estaba viendo la fachada de este lugar famoso. Una entrada imponente nos decía ¡adelante!.
Múltiples nacionalidades reunidas en este templo del arte que no pudimos recorrer todo, pues el tiempo se hizo corto para la inmensidad del lugar. Sin embargo, nuestros ojos tuvieron la dicha de contemplar con más detalle obras como Las Meninas de Velásquez o las "Majas" de Goya, a pesar de la cantidad de personas que tenían el mismo propósito. Fueron muchas las obras que admiramos en las escasas horas que estuvimos allí. Algo que me llamó la atención y que me hizo pensar el lamentable estado de los lugares turísticos venezolanos, fue entrar al baño de damas y encontrarme con un lugar amable, limpio y donde podía tomar agua potable directa del grifo del lavamanos, sin preocuparme por alguna bacteria que me arruinara el viaje.
Después de esa primera dosis de arte, nuestros cuerpos pedían descanso antes de la cena. Tomamos el Metro hasta Sol y de allí las calles hasta el hostal. Más tarde dimos unas vueltas hasta encontrar un Mc Donald's donde nos atrevimos a comer y, por gula y novedad, pedimos un helado que casi ni pudimos probar. Por supuesto, después de semejante comelona necesitamos caminar un poco y llegamos hasta la Plaza Mayor donde se presentaron grupos de gaita gallega y el ambiente multicultural se extendía hasta el amanecer, pero nosotros necesitábamos descansar y reponer energía para el siguiente día.
Nada más cómico que despertar, sentarte en la cama y darte cuenta que tus vecinos son trabajadores de oficinas y tu recién reaccionando, con cara de "jet lag". El día comenzó con un enorme café en Starbucks para recuperar fuerzas y caminar. Porque definitivamente la mejor manera de conocer una ciudad es caminando.

Primera parada: Puerta de Alcalá, foto respectiva y entrada al Parque El Retiro, lugar ideal para respirar, para disfrutar de la naturaleza, para sentarse bajo la sombra de un árbol sólo a contemplar a la gente que pasa caminando o a los músicos que amenizan el momento. Fotografías y más fotografías. Una gran laguna, un Palacio de Cristal y un jardín de rosas, además de esculturas y quioscos salvadores donde comprar agua o helados para mitigar el intenso calor del verano europeo.
Segunda parada: Centro de Arte Reina Sofía, ese día si fue posible disfrutar de ese espacio tan acogedor. Fotografías aquí y fotografías allá con los "chinitos" y "las damas sin alma", esculturas expuestas en los espacios del museo, cuyos nombres mencionados acá fueron colocados por nosotros. No provocaba salir de allí, por la belleza y por el aire acondicionado que nos reconfortaba, pero el tiempo era corto y debíamos aprovecharlo. Sólo teníamos tres días para conocer Madrid, dos al llegar y uno al regresar de Barcelona. Luego, caminamos por una Avenida Alcalá nocturna llena de luces y regresamos a descansar, ya que debíamos tomar un avión a primera hora el siguiente día.
De regreso, ya casi terminando las vacaciones, fue acertado hacer caso a la recomendación de comer croissant con jamón serrano en el Palacio del Jamón, una gran opción a 1 euro para atiborrarte de este embutido carísimo para los venezolanos. De allí caminamos para mirar las tiendas de souvenirs cercanas y ver qué entudiasmaba llevar que no ocupara espacio.
Debo confesar que faltaron días en Madrid para completar el recorrido del Museo del Prado, visitar el Museo Tyssen- Bornemisza y la Catedral de la Almudena, además del mercado local. Sin embargo, nuestro objetivo miraba hacia Barcelona y allí concentramos la mayoría de los días. Será en otra oportunidad.
Luego de unas cuantas horas de espera, gracias a la salida con retraso del avión, otras horas de vuelo y otro tiempo más represados en Barajas, finalmente llegamos a Madrid. El inicio de esta estadía fue sencillo por la ayuda de nuestros primeros guías, una compañía importante sobretodo cuando ves el mapa del Metro con un montón de líneas de colores que se cruzan por la ciudad... ¡Ups! ¡acabo de descubrir una mentirilla dicha al pisar aeropuerto!
Primera lección de sobrevivencia: ¿cuál boleto de Metro comprar y cómo?. Lo más recomendable es comprar un boleto multiviajes. Se nos avecinaba un largo trayecto desde la estación del T2 hasta la estación Sol, conexión de casi todas las líneas, sobretodo las Cercanías, que van a las poblaciones vecinas, que son las ciudades dormitorio para algunos. De allí una caminata placentera hacia la Gran Vía en busca del hostal del lado par de los edificios. ¿El lado par? se preguntarán. Pues lo mismo me pregunté yo. Resulta que en esta literal Gran Vía, los edificios están numerados de un lado con dígitos pares y del otro con impares. Así de estructurado es el viejo mundo.
Después de dejar el equipaje en el hospedaje y sin perder tiempo comenzamos el recorrido. Volvimos a Sol rumbo a Getafe, lejos pero cerca de Madrid. Por la hora las calles estaban solitarias. En el verano los españoles acostumbran aprovechar sus días largos y hacer una siesta desde el mediodía hasta más o menos cinco de la tarde, cuando abren los café y bares para ir por tapas y tinto de verano. Les confieso que los envidio muchísimo.
Un almuerzo casero en Getafe nos reconfortó luego de un desayuno desabrido de avión. Después de pasar parte del día, aún nos quedaba la luz del sol y decidimos ir a alguno de los museos antes de descansar. Con la energía propia de quien descubre un lugar, caminamos desde la estación Atocha hasta el Centro de Arte Reina Sofía pero estaba cerrado. Caminamos por el Paseo del Prado hasta el Museo del Prado con la esperanza de que estuviese abierto. Es indescriptible la sensación de estar frente a un lugar que alberga aquellas obras que pasan de diapositiva en diapositiva en tus clases de educación artística y más si las disfrutabas. Me planté al frente intentando asimilar que de verdad estaba viendo la fachada de este lugar famoso. Una entrada imponente nos decía ¡adelante!.
Múltiples nacionalidades reunidas en este templo del arte que no pudimos recorrer todo, pues el tiempo se hizo corto para la inmensidad del lugar. Sin embargo, nuestros ojos tuvieron la dicha de contemplar con más detalle obras como Las Meninas de Velásquez o las "Majas" de Goya, a pesar de la cantidad de personas que tenían el mismo propósito. Fueron muchas las obras que admiramos en las escasas horas que estuvimos allí. Algo que me llamó la atención y que me hizo pensar el lamentable estado de los lugares turísticos venezolanos, fue entrar al baño de damas y encontrarme con un lugar amable, limpio y donde podía tomar agua potable directa del grifo del lavamanos, sin preocuparme por alguna bacteria que me arruinara el viaje.
Después de esa primera dosis de arte, nuestros cuerpos pedían descanso antes de la cena. Tomamos el Metro hasta Sol y de allí las calles hasta el hostal. Más tarde dimos unas vueltas hasta encontrar un Mc Donald's donde nos atrevimos a comer y, por gula y novedad, pedimos un helado que casi ni pudimos probar. Por supuesto, después de semejante comelona necesitamos caminar un poco y llegamos hasta la Plaza Mayor donde se presentaron grupos de gaita gallega y el ambiente multicultural se extendía hasta el amanecer, pero nosotros necesitábamos descansar y reponer energía para el siguiente día.
Nada más cómico que despertar, sentarte en la cama y darte cuenta que tus vecinos son trabajadores de oficinas y tu recién reaccionando, con cara de "jet lag". El día comenzó con un enorme café en Starbucks para recuperar fuerzas y caminar. Porque definitivamente la mejor manera de conocer una ciudad es caminando.
Primera parada: Puerta de Alcalá, foto respectiva y entrada al Parque El Retiro, lugar ideal para respirar, para disfrutar de la naturaleza, para sentarse bajo la sombra de un árbol sólo a contemplar a la gente que pasa caminando o a los músicos que amenizan el momento. Fotografías y más fotografías. Una gran laguna, un Palacio de Cristal y un jardín de rosas, además de esculturas y quioscos salvadores donde comprar agua o helados para mitigar el intenso calor del verano europeo.
Segunda parada: Centro de Arte Reina Sofía, ese día si fue posible disfrutar de ese espacio tan acogedor. Fotografías aquí y fotografías allá con los "chinitos" y "las damas sin alma", esculturas expuestas en los espacios del museo, cuyos nombres mencionados acá fueron colocados por nosotros. No provocaba salir de allí, por la belleza y por el aire acondicionado que nos reconfortaba, pero el tiempo era corto y debíamos aprovecharlo. Sólo teníamos tres días para conocer Madrid, dos al llegar y uno al regresar de Barcelona. Luego, caminamos por una Avenida Alcalá nocturna llena de luces y regresamos a descansar, ya que debíamos tomar un avión a primera hora el siguiente día.
De regreso, ya casi terminando las vacaciones, fue acertado hacer caso a la recomendación de comer croissant con jamón serrano en el Palacio del Jamón, una gran opción a 1 euro para atiborrarte de este embutido carísimo para los venezolanos. De allí caminamos para mirar las tiendas de souvenirs cercanas y ver qué entudiasmaba llevar que no ocupara espacio.
Debo confesar que faltaron días en Madrid para completar el recorrido del Museo del Prado, visitar el Museo Tyssen- Bornemisza y la Catedral de la Almudena, además del mercado local. Sin embargo, nuestro objetivo miraba hacia Barcelona y allí concentramos la mayoría de los días. Será en otra oportunidad.
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