Aún dormidos, luego de perder el Metro y haber tenido que pagar muchos euros en un taxi que iba veloz hacia Barajas para no perder el vuelo, llegamos en la mañana del 28 de Julio al Aeropuerto de El Prat. Después de vivir la sensación de que el avión aterrizaría en una playa, pisamos este ¡enorme! terminal aéreo. Aquí iniciaron los 10 días de intenso calor y largas caminatas que, me temo, requerirán dividir este relato en dos o tres partes.
Nuestra estadía comenzó perdidos, pero no en Tokio, sino en la Ciudad Condal. En la estación del Metro pedimos el mapa más importante, el que te indica el camino hacia los diferentes lugares... ¡el mapa del Metro!... y nos explicaron que para llegar al barrio Can Carelleu, en Sarriá, debíamos llegar hasta la estación Barcelona Sants y de allí buscar el mapa de las líneas de autobuses que recorren la ciudad. Este es otro mapa que debes tener a la mano, junto al de la ciudad. Ambos nos los facilitó una amable joven del módulo de información de esa gran estación. Desde este lugar parte el AVE (tren de larga distancia) y los autobuses para ir a otras ciudades y pueblos de España.
Como buenos principiantes, tomamos el autobús número 66 pero en sentido contrario. Preguntamos, nos bajamos y esperamos al revés, es decir, en la dirección correcta. Desde ese momento, este bús se convirtió en nuestro mejor amigo. Nos llevó todos los días a la Plaça Catalunya. Pasados unos cuantos minutos (porque allá no se tardan horas como acá), llegamos a la residencia universitaria donde pasaríamos los próximos días. Instalados y con hambre, fuimos a almorzar en el comedor del lugar, donde te puedes servir lo que te provoque. Dormimos un poco antes de iniciar nuestro recorrido turístico. El fiel "número 66" nos llevó a Plaza Cataluña desde donde caminamos por La Rambla hasta "el Colón", estatua de Cristóbal Colón montada sobre una gran base y visible desde todos lados. La Rambla, lugar predilecto de turistas y locales, está repleto de quioscos donde consigues desde plantas hasta postales de recuerdo, además de esculturas vivientes. Muchísima gente, iban y venían, miraban de un lado al otro.
Cuando quisimos regresar a descansar, ya era tarde para tomar "el 66". "¿Qué hacemos?" fue la pregunta. "Primero comer" fue la respuesta. Un muy barato Burger King nos acogió para alimentarnos y ver cómo irnos a la residencia. Eran las 12 de la noche y nos angustiamos un poco, pero igual seguimos caminando por allí. No nos quedó de otra que tomar el Metro hasta la estación más cerca y de allí caminar a las 2 de la madrugada hasta nuestro hospedaje, con la zozobra propia de quien vive en una ciudad violenta como Caracas y desconoce qué tan seguro es caminar tan tarde por las calles de otro país.
Al día siguiente comenzó nuestro recorrido de "impelables". Primera estación: el famoso Parc Güell creado por Antoni Gaudí i Cornet, uno de los responsables de que Barcelona sea una ciudad admirada por muchos. Allí estábamos dos venezolanos disfrutando de la obra de este genio de la arquitectura, de una vista panorámica hermosa y de un Romance Anónimo interpretado por uno de los tantos artistas que exponen su talento en este sitio. Filas de personas para tomarse una fotografía con la famosa lagartija de la entrada.
Terminamos el día entre un famoso centro comercial en la Rambla del Mar y la Plaza Cataluña, desde donde tomamos el Nit Bús para ir a la residencia... ¡Oh aprendimos! este se convertiría en nuestro segundo mejor amigo cuando se nos hiciera de madrugada... que fue todos los días...¡jajajaja!
Luego de este recorrido, iniciamos otro acompañados de una amiga venezolana que quedó atrapada por esta ciudad. Caminamos por el Passeig de Gracia para admirar la Casa Amatller donde hay una librería con una cocina antigua- ¿una cocina en una librería?- pues esta casa perteneció al chocolatero Antoni Amatller y fue declarada monumento histórico- artístico de Cataluña. Al lado está la Casa Batlló, otra obra de Gaudí, edificio que reformó durante su período naturalista. Diagonal a estas importantes estructuras arquitectónicas está la Casa Milá, conocida como La Pedrera, también de Gaudí que, junto a la anterior, quedaron pendientes para conocer en otro viaje. Seguimos caminando y nos topamos con el Palacio de la Música Catalana, que nuestra amiga con tantos meses viviendo allá, conoció esa noche.
El paseo con nuestra "guía" terminó con una cena en Fresco, donde comes lo que te provoca por un sólo precio (sobretodo el famoso Gazpacho, sopa de tomate fría que no me gustó), lugar habitual los días posteriores; una visita a la Fira Barcelona, la fuente de Montjuic con su espectáculo de luces y música que visitamos dos veces más y un paseo a la montaña del Tibidabo para mirar a una Barcelona nocturna que nos atrapó.
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